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La Política del Buen Vecino—Una historia de otra visión de la política exterior de Estados Unidos

Tom Barry, Laura Carlsen, y John Gershman | 13 de octubre de 2005

Versión original: Global Good Neighbor--A History to Make us Proud
Traducción por: Eugenio Fernández Vázquez

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Retroalimentación

Programa de las Américas

El presidente Bush dice que debemos “mantener el rumbo” en Irak y promete apegarse, durante esta segunda administración, a las radicales políticas doméstica e interior definidas durante su primer periodo. Nosotros pensamos que es tiempo de cambiar el rumbo.

Pero, ¿puede ser verdaderamente alterado el curso de la política exterior estadounidense?
¿Ha habido algún modelo para un cambio dramático que nos aleje del militarismo y el unilateralismo y nos lleve hacia la cooperación internacional y la paz?

La respuesta a estas preguntas es sí.

A finales de la década de los veinte, los departamentos de Estado, Comercio y Guerra estaban hartos de mantener el curso. Reaccionando a las protestas populares y a las crecientes preocupaciones de los empresarios, Washington y Wall Street empezaron a dejar de lado la adquisición de territorios y el imperialismo como instrumentos privilegiados por la política exterior estadounidense. En vez de considerarse depositarios de la misión de una “raza guía” que debía manejar los asuntos de las “razas débiles”, como había hecho Teddy Roosevelt, los líderes en política y comercio ahora hablaban de la necesidad de las naciones de ser buenos vecinos.

La Política del Buen Vecino de la presidencia de Franklin D. Roosevelt en el periodo anterior a la II Guerra Mundial marcó un giro dramático en los asuntos exteriores de Estados Unidos. La nueva política constituyó un repudio público del imperialismo, de los estereotipos raciales y culturales y de las intervenciones y ocupaciones militares.

¿Puede repetirse un cambio de tales alcances?

Si la historia es en verdad una guía, la respuesta es sí.

La política exterior estadounidense está una vez más en una encrucijada, y el curso actual podría ser desastroso. Un camino para salir del marasmo actual es revisar la historia del periodo de entreguerras y ver qué lecciones nos tiene para el día de hoy.

¿Puede la Política del Buen Vecino de Roosevelt y los años treinta servir de modelo para una Política del Buen Vecino Global en el siglo XXI?

Una nueva política doméstica y exterior.

Principales Efectos de la Política del Buen Vecino

  • Crecimiento acelerado del comercio hemisférico que acompañó la recuperación de la economía.
  • Fin de las intervenciones y ocupaciones militares; salida de los marines que morían en Haití, la República Dominicana, Cuba o Nicaragua.
  • Unidad hemisférica detrás de Estados Unidos y contra las potencias del Eje.
  • Declive dramático de los estereotipos negativos de los latinos difundidos por el gobierno, los medios y la industria del entretenimiento estadounidenses.

Franklin D. Roosevelt (FDR) ganó la presidencia ofreciendo al electorado una abrumadora nueva visión de las políticas interior y exterior. Con la bandera del “nuevo trato para el pueblo estadounidense,” el New Deal, como se le conoce ampliamente por su formulación en inglés, FDR ganó la presidencia en 1932 con uno de los márgenes más amplios en la historia de la política en Estados Unidos.

Roosevelt confrontó directamente las crisis interna y externa, lanzando cambios sustantivos tanto de la política exterior como de la doméstica. El capitalismo nacional y transnacional se tambaleaba conforme las economías se colapsaban y las ideologías socialista y fascista se consolidaban. Los asuntos diplomáticos y militares internacionales entraron en un remolino cuando los conflictos interimperiales se intensificaron.

El Nuevo Trato y los programas masivos de empleo público, la seguridad social que trajo, las artes y los proyectos de historia oral, la reducción de la jornada laboral y un mayor salario mínimo marcaron un parteaguas en la política estadounidense. El Nuevo Trato guió al país para salir de la Gran Depresión al gobernar las fuerzas del mercado libre e instituir redes de seguridad sociales que dieron trabajo a los ciudadanos desempleados, y proveyó garantías de ingreso a los discapacitados y a los ancianos. Hoy, estas reformas democráticas sufren el ataque sostenido de las políticas privatizadoras de la administración Bush.

En Estados Unidos, FDR es recordado sobre todo por sus políticas domésticas comprometidas con la gente y por su fuerte liderazgo como presidente en tiempos de guerra. Sin embargo, la política exterior del presidente Roosevelt de antes de la guerra fue igualmente sobresaliente y es muy relevante para responder a los conflictos económicos, culturales y de seguridad actuales.

En su discurso inaugural de 1933, el presidente Roosevelt anunció un nuevo enfoque en las relaciones internacionales que sería conocido como Política del Buen Vecino. “Dedicaré esta nación a la política del buen vecino –del vecino que firmemente se respeta a sí mismo y por eso mismo respeta los derechos de otros,” declaró Roosevelt.

Siguiendo esta nueva visión de la política exterior estadounidense, toda nación debía ser “el vecino que respeta sus obligaciones y respeta la sacralidad de los acuerdos en y con un mundo de vecinos.”

Construyendo un Nuevo Consenso Bipartidario de la Política Exterior.

Las semillas de la nueva política exterior de Roosevelt ya estaban plantadas. Para la primera parte del siglo XX estaba quedando claro que las conquistas territoriales, las intervenciones militares y las ocupaciones eran costosas y contraproducentes. La Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 había probado el nuevo alcance global del poder militar de Estados Unidos, pero los yanquis rápidamente descubrieron que los cubanos y los filipinos los odiaban tanto como a los españoles.

La política del “Gran Garrote” no estabilizaba ni democratizaba los países en los que se intervenía. Más bien, incitaba a la rebelión popular armada. Como en Irak, los intentos post-intervención de suprimir estas insurrecciones e imponer el orden costaban a Estados Unidos más en vidas y recursos financieros que las intervenciones iniciales.

Ya desde 1904, el novelista y humorista político Mark Twain advirtió de los peligros morales y políticos que esperaban a Estados Unidos si seguía el camino imperialista al progreso. Twain observó que al ocupar las Filipinas, Estados Unidos estaba cometiendo “un cruel error, el irrevocable error” de jugar el “juego europeo” del imperialismo y la colonización.

Para finales de los años veinte, un nuevo consenso emergía entre los líderes políticos de Washington y los barones de Wall Street. Después de tres décadas de conquista imperial seguida de la Diplomacia de las Lanchas Artilladas y las intervenciones militares, y de la Diplomacia del Dólar y el control financiero de otras naciones, las élites del país se descubrieron de acuerdo con la sabiduría popular de Mark Twain.

En la elección de 1928, tanto el entonces presidente Herbert Hoover como el líder del Partido Demócrata Franklin D. Roosevelt propusieron una nueva visión de las relaciones internacionales en las que la diplomacia y el comercio derrocarían a la fuerza bruta económica y militar. En un artículo en Foreign Affairs publicado en 1928, Roosevelt escribió que buscando la “cooperación de otros tendremos más orden en este hemisferio y menos displicencia.”

Después de su victoria, el presidente electo Hoover realizó una visita de buena voluntad a Centroamérica. Citando quejas sobre el comportamiento dominador e intervensionista de Washington, Hoover anunció el inicio de una buena política. “Tenemos el deseo de mantener no sólo relaciones cordiales entre nuestros gobiernos,” dijo, “sino también relaciones de buenos vecinos.”

Como presidente, sin embargo, Hoover hizo poco para seguir una nueva dirección en política exterior. Sí comenzó la salida de tropas de Nicaragua y Haití. Después del comienzo de la Gran Depresión en 1929, sin embargo, Hoover se ocupó de asuntos de política exterior sólo en raras ocasiones.

Hizo falta la visión y astucia políticas de FDR –y las habilidades de su influyente esposa, Eleanor Roosevelt– para diseñar una nueva agenda política. Aprovechando la insatisfacción generalizada con la dirección de las políticas doméstica y exterior de Estados Unidos, Roosevelt construyó un atrevido tejido de políticas públicas para enfrentar las crisis en casa y en el exterior.

Ser un Buen Vecino Global

La visión de las relaciones internacionales de Roosevelt fue un impresionante alejamiento del marco ideológico que solía dominar el discurso en política exterior. Sus perspectivas sobre cómo las naciones debían comportarse apelaba tanto al sentido común como a los valores morales.

Dos meses después de mudarse a la Casa Blanca, FDR prometió ayudar a “dar fin al sistema de la acción unilateral, las alianzas exclusivas, las esferas de influencia, el equilibrio de poder y todos los demás expedientes.”

Para remplazar el sistema que prevalecía, Roosevelt comenzó a planear el nuevo sistema en torno del eje de la cooperación internacional. “Los ideales comunes y el interés comunitario, junto con un espíritu de cooperación, han llevado a la conclusión de que el bienestar de una nación depende en gran medida del bienestar de sus vecinos,” aseguró el nuevo presidente.

Ser un buen vecino global significaba, para Roosevelt, promover la paz y desglorificar la guerra. “Odio la guerra,” se lamentaba en un mensaje a la nación. “He visto la guerra en la tierra y el mar. He visto correr la sangre de los heridos. He visto el hambre de los niños. He visto la agonía de madres y esposas.”

Roosevelt alertó repetidamente a la nación sobre el ascenso del fascismo y las nuevas ambiciones imperiales de Alemania y Japón. “No somos aislacionistas,” dijo FDR, “excepto en que buscamos aislarnos completamente de la guerra. Y sin embargo, debemos recordar que mientras la guerra exista en la tierra, habrá algún peligro de que la nación que más ardientemente desea la paz sea llevada a la guerra.”

Al mismo tiempo, sin embargo, Roosevelt estaba formulando una doctrina en política exterior de no agresión y desmilitarización que aseguraría que Estados Unidos no provocara guerras, como había ocurrido en el pasado reciente con España y México. “No queremos dominar a ninguna nación,” declaró. “No pedimos expansión territorial. Nos oponemos al imperialismo. Deseamos la reducción de los armamentos mundiales.”

El presidente Roosevelt pretendía que su Política del Buen Vecino mejorara las relaciones de Estados Unidos con otras naciones en todo el mundo. Pero fue el hemisferio occidental donde la nueva política exterior de Roosevelt tuvo su impacto más dramático.

Más allá del mercantilismo

El resurgimiento económico de los años veinte fue efímero, y el rugido de una década quedó reducido a un chillido para 1928, el año en que el republicano Herbert Hoover fue electo presidente. La política de tarifas altas de Hoover, junto con las de sus antecesores republicanos, los presidentes Harding y Coolidge, contribuyó a una crisis financiera y comercial marcada por una pronunciada caída de las importaciones y exportaciones. Para el año en que FDR ganó la Casa Blanca para los demócratas, ambos partidos estaban de acuerdo en que las políticas neo-mercantilistas debían ser desplazadas en favor de los acuerdos comerciales recíprocos propuestos por Roosevelt.

Roosevelt era de la opinión de que los bloques económicos proteccionistas y el mercantilismo de las grandes potencias, incluido Estados Unidos, llevaron no sólo a la ruina económica sino también a los choques armados conforme los Estados enfrentados buscaban proteger sus mercados externos. “No sostenemos que un comercio internacional más libre detenga las guerras,” dijo Roosevelt, “pero tememos que sin un comercio internacional más libre la guerra sea una consecuencia natural.”

Ser un buen vecino tenía, para Roosevelt y su secretario de Estado Cordell Hull, implicaciones tanto económicas como de seguridad. Hull pensaba que una política de buena vecindad significaba abrir el mercado estadounidense a las exportaciones de la región. Según él, si las relaciones políticas mejoraban, Estados Unidos tendría que abrir sus puertas a la economía latinoamericana y caribeña.

Por su parte, las naciones caribeñas y latinoamericanas estaban ansiosas por tener acceso a los mercados estadounidenses para sus agro-exportaciones–como el azúcar y el algodón–y aplaudieron la iniciativa de Roosevelt de rebajar las tarifas y remover las cuotas. Trabajando en conjunto, los departamentos de Estado y de Comercio lanzaron una campaña para firmar acuerdos comerciales recíprocos con todos los países del hemisferio, y durante los años treinta el comercio intra-regional se disparó.

“Los acuerdos comerciales que estamos haciendo ahora no sólo están dando salida a los productos de las fábricas y los campos estadounidenses,” declaró Roosevelt, “sino que están también marcando el camino a la eliminación de los embargos, las cuotas y otros mecanismos que suponen tal presión para las naciones sin grandes recursos naturales que para ellos el precio de la paz parece menor que el de la guerra.”

La visión comercial de FDR se reflejó en la Ley de Acuerdos Comerciales Recíprocos (RTAA, por sus siglas en inglés) en 1934. Esta ley alteró fundamentalmente tanto el proceso como el contenido de la política comercial estadounidense. Antes de la RTAA, el Congreso establecía las tarifas sobre bienes de forma proteccionista. Bajo la RTAA, los legisladores delegaron en el poder ejecutivo la autoridad para reducir las tarifas a través de acuerdos comerciales con otros países. Aunque la RTAA originalmente otorgaba al ejecutivo esta autoridad para negociar por sólo tres años, el Congreso renovó periódicamente la legislación y nuca más aprobó una carta general de tarifas.

El nuevo tono lejano al mercantilismo que se reflejaba en la política del Buen Vecino fue un paso positivo hacia la construcción de relaciones más equitativas con los socios comerciales de Estados Unidos, en particular con los países latinoamericanos. Washington firmó acuerdos bilaterales comerciales y diplomáticos con quince países latinoamericanos en ese periodo y algunos de estos acuerdos incluían provisiones de pequeñas cantidades de ayuda al exterior.

La mayoría de estos acuerdos comerciales respetaban la norma de la reciprocidad. Además de ser más equitativa para los países en desarrollo, la buena vecindad económica sirvió a los cambiantes intereses al interior de Estados Unidos, que tenían poco que perder en el experimento. Roosevelt y Hull querían un mayor acceso a las agro-exportaciones latinoamericanas –por encima de las objeciones de los productores internos de algodón, tabaco y azúcar– y querían también una entrada en los mercados que los europeos habían acaparado en la región. Había pocos obstáculos para las exportaciones industriales en la región, y conforme las economías latinoamericanas empezaron a crecer durante los años treinta y cuarenta, sus mercados domésticos se hicieron blancos cada vez más claros para las exportaciones estadounidenses. En el periodo que va de 1932 a 1941, el comercio entre Estados Unidos y América Latina se triplicó.

Los nuevos acuerdos bilaterales sí sentaron, sin embargo, un precedente preocupante en las relaciones estadounidenses con los países en desarrollo: el condicionamiento político a las relaciones comerciales. Los acuerdos de comercio y ayuda de los treinta llegaron bajo el entendido de que las naciones no podían entablar relaciones mercantiles con los países europeos o establecer relaciones diplomáticas con las potencias del Eje. Esto representaba un nuevo tipo de control del exterior que, como ahora sabemos, eventualmente se volvió bastante entrometido. Conforme avanzó el siglo, la condicionalidad se expandió hasta incluir una carga cada vez mayor de requisitos de reformas económicas, así como acuerdos para apoyar globalmente la política exterior estadounidense.

En general, sin embargo, los acuerdos comerciales de la era Roosevelt estuvieron marcados por una mayor reciprocidad y apertura, y los subsecuentes problemas fueron provocados por el alejamiento de los principios básicos sentados en el periodo. La evolución lógica de este proceso hubiera sido la creación de la Organización Internacional de Comercio, que hubiera establecido un marco para forjar acuerdos que sirvieran ampliamente como sostén del desarrollo. Pero la oposición de los grupos empresariales estadounidenses y otros a fines de los cuarenta descarriló el esfuerzo y llevaó a una política comercial truncada y enfocada solamente en la liberalización.

De la “Diplomacia de las Lanchas Artilladas” a la del “Buen Vecino”

Después de un periodo de mano de hierro, la refrescante idea de que la política exterior estadounidense se forjara a partir de los principios del Buen Vecino y el respeto y la cooperación iluminó los prospectos para unas mejores relaciones de Estados Unidos con América Latina y el Caribe. Durante casi cuatro décadas, la política de Washington hacia la región había sido poco más que un imperialismo con mañas copiadas del uno-dos boxístico, que alternaba la Diplomacia de las Lanchas Artilladas con la Diplomacia del Dólar –ambas poco diplomáticas por lo general.

La Diplomacia de las Lanchas Artilladas fue el eufemismo del gobierno para el bombardeo de puertos extranjeros y las invasiones militares, mientras que la Diplomacia del Dólar fue el eufemismo para la ocupación de otros países por el gobierno estadounidense –junto con el manejo de sus bancos y aduanas– para garantizar el pago de la deuda externa y la seguridad de los inversores. El subsecretario de Estado Huntington Wilson, bajo el presidente Woodrow Wilson, describió la Diplomacia del Dólar como un “inteligente trabajo en equipo” que involucraba a la Infantería de Marina estadounidense, los acreedores, los diplomáticos y los inversores.

Tanto la Diplomacia de las Lanchas Artilladas como la Diplomacia del Dólar fueron conceptos ampliamente asumidos por los presidentes McKinley, Theodore Roosevelt (TR), Taft, Wilson y Harding. Howard Taft, cuando sirvió como secretario de guerra de TR, lamentaba que su trabajo incluyera manejar las “sucias pseudo-repúblicas de América del Sur.” Después de suceder a Roosevelt, el ya presidente Taft hizo eco del punto de vista de TR de que Estados Unidos tenía la responsabilidad de manejar a los latinoamericanos, abrogándose “el derecho de golpearlos hasta que se estén en paz.”

La razón por la que la Política del Buen Vecino se aplicó por primera vez en el marco de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina y el Caribe vino del concepto básico de la buena vecindad. En 1936 Roosevelt explicó: “La paz, como la caridad, empieza en casa. Por eso hemos empezado en casa. Pero buscamos más que la paz en el mundo occidental. Es nuestra esperanza que el conocimiento de la aplicación práctica de la política del buen vecino en este hemisferio entre en la casa de nuestros vecinos al otro lado de los mares.” La fuerza del ejemplo, se creía, llevaría esta política más allá de las costas compartidas del hemisferio para alcanzar eventualmente el contexto global.

Hechos en la construcción de la buena vecindad

Ser un buen vecino significaba sobre todo no ser un mal vecino, pero la Política del Buen Vecino no era sólo retórica. A mitad de camino del primer periodo de FDR, los hechos y la legislación sostuvieron sus palabras respecto de América Latina y el Caribe, aunque su política no estuvo acompañada por grandes flujos de ayuda al exterior o exigencias de que los países reestructuraran sus sistemas políticos y económicos. A diferencia de otras iniciativas importantes en política exterior del siglo pasado –como la Alianza por el Progreso de Kennedy o la Empresa de las Américas de George H. Bush–, la Política del Buen Vecino de FDR fue más que el repudio de políticas anteriores.

Otros presidentes habían rechazado la doctrina de la conquista territorial, pero ninguno había sido tan explícito o consistente al limitar los criterios para la intervención. Entre principios de la década de 1890 y el arranque de la presidencia de Franklin Roosevelt, Estados Unidos había intervenido militarmente 29 veces en el hemisferio occidental, sobre todo en la cuenca caribeña. Varios países, incluyendo Haití, Cuba, Nicaragua y la República Dominicana, habían pasado por largos periodos de ocupación militar y control administrativo estadounidenses.

La Política del Buen Vecino de FDR renunciaba específicamente a las justificaciones anteriores para la intervención militar de Estados Unidos –incluyendo los ataques preventivos para asegurar la estabilidad política, la ocupación para forzar el pago de la deuda externa, la respuesta militar a la expropiación de inversiones estadounidenses y la promoción de la democracia. Ordenó la retirada de todas las tropas que quedaban en la Cuenca del Caribe, poniendo fin a una larga y vergonzosa historia de intervenciones militares y ocupaciones. Hablando en una conferencia regional en Montevideo, Uruguay, en diciembre de 1933, el secretario de Estado Hull afirmó que uno de los principios fundamentales de la Política del Buen Vecino era la no intervención. “Ningún Estado tiene el derecho de intervenir en los asuntos interiores o exteriores de otro.”

Un año después, Roosevelt insistió ante las todavía escépticas naciones latinoamericanas y caribeñas y afirmó que “la política definitiva de los Estados Unidos de ahora en adelante es opuesta a la intervención armada.”

Manteniendo su palabra, durante el primer año de su presidencia, Roosevelt retiró las tropas estadounidenses de la región, poniendo fin a la ocupación de Haití y Nicaragua. No hubo más intervenciones militares durante sus doce años en la Casa Blanca.

En 1934 la administración Roosevelt renunció también al derecho a la intervención garantizado por la Enmienda Platt. Después de la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898, el gobierno norteamericano otorgó a Cuba su independencia, pero la ex colonia española era soberana sólo de nombre. Washington había adjuntado una enmienda a la constitución cubana autorizando a Estados Unidos a intervenir en los asuntos internos de la isla “para la conservación de la independencia cubana (y) el mantenimiento de un Gobierno adecuado para la protección de vidas, propiedad y libertad individual.” Al renunciar a la Enmienda Platt, el gobierno de FDR demostró a los latinoamericanos que verdaderamente pensaba iniciar una nueva era en las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos del sur.

Apegándose a la declaración de Hull, el gobierno estadounidense no intervino militarmente después de que Bolivia y México nacionalizaran las compañías petroleras estadounidenses. Respondiendo a la presión de las compañías estadounidenses, el Departamento de Estado afirmó que “nuestros intereses nacionales como un todo pesan más que las de las compañías petroleras.”

Con el ascenso del fascismo y el nuevo imperialismo en Europa y Asia Oriental, Estados Unidos se dio cuenta de que no podría asumir que los países latinoamericanos estarían de su lado en el caso de un conflicto internacional. Las políticas de mala vecindad de las últimas cuatro décadas habían minado cualquier solidaridad natural basada en la proximidad y la historia compartida, y muchos países eran hostiles a Estados Unidos, creyendo que era, aún más que Alemania, el mal vecino, el agresor y el imperialista. Lo que es más importante, varios sectores de las élites caribeñas y latinoamericanas, especialmente los altos mandos militares, admiraban el fascismo europeo y sentían poco entusiasmo por la democracia al estilo estadounidense.

Sin embargo, la Política del Buen Vecino –tanto en sus aspectos políticos como económicos– fue directamente responsable de que se creara una atmósfera de apoyo mutuo que llevó a la mayoría de las naciones del hemisferio occidental a dar su apoyo unificado a los Aliados. Comentando sobre el apoyo latinoamericano a Estados Unidos y los Aliados que iban a la II Guerra Mundial, Hull explicó que “el alineamiento político siguió al alineamiento económico.”

El esfuerzo de FDR por reducir la influencia del dominio directo de Estados Unidos sobre otras naciones fue más allá del hemisferio occidental. En 1934, Roosevelt promovió la independencia de Filipinas (si bien en términos desiguales) al firmar la Ley Tydings-McDuffie, que otorgó la independencia a Filipinas en 1946, después de un gobierno de transición que duró diez años.

La Política del Buen Vecino del Presidente requirió en muchas ocasiones un equilibrio entre la promoción de la democracia y la tolerancia de dictaduras en Nicaragua, Cuba y la República Dominicana, así como a gobiernos autoritarios y militares en Sudamérica. La tan citada declaración apócrifa de Roosevelt respecto del nicaragüense Somoza –“es un hijo de puta, pero al menos es nuestro hijo de puta”– reflejó la tensión entre la realidad geopolítica y los valores democráticos que son un desafío intrínseco para la política exterior de toda administración.

Cambiando la cultura para cambiar las políticas

Parte del legado de Franklin Roosevelt en América Latina fueron las iniciativas de su administración para poner fin a los estereotipos negativos de los latinos. La idea del presidente Theodore Roosevelt de que el liderazgo estadounidense debía mostrar “a esos dagos que deben comportarse decentemente.” Cuando habló sobre la propuesta de incorporar a Tejas a Estados Unidos, TR declaró que estaba “fuera de toda duda que (los tejanos) deban someterse al dominio de la raza más débil.” Adelantándose a la actual doctrina de guerra preventiva, el presidente Teddy Roosevelt aseguró en 1904 que la civilización anglo-americana en el hemisferio occidental tenía la obligación moral de “ejercer el papel de una potencia policial (...) en casos de flagrante maldad e impotencia.”

La Política del Buen Vecino de FDR hablaba también directamente de valores morales y culturales, pero a diferencia de Teddy, su pariente lejano, Franklin D. Roosevelt no reforzó los prejuicios racistas y supremacistas. En vez de ello, buscó librar al gobierno y la sociedad de Estados Unidos de sus prejuicios sobre la superioridad anglosajona. Aún más, la Política del Buen Vecino intentó dejar en el pasado la creencia de que Estados Unidos tenía la misión divina de establecer el dominio sobre otras sociedades.

En gran medida, fue la ausencia de paternalismo, racismo y sesgos culturales en el propio lenguaje de Roosevelt lo que hizo que la Política del Buen Vecino funcionara. La retórica del Presidente al menos parecía reflejar respeto mutuo y supuso una base importante para construir esta nueva política. Aún más, la administración empezó a apoyar el intercambio cultural y los programas de acercamiento. Como resultado de esta presión del gobierno, la caracterización de los latinos en los medios y las películas ya no incluía tantos estereotipos racistas y culturales. El giro fue sorprendente, llevando a un historiador a anotar que en este periodo “la actitud de Hollywood hacia los países latinos de pronto bordeaba la reverencia.”

El gobierno trabajó activamente para provocar este cambio. Un comité del Departamento de Estado sugirió a Hollywood nuevos enfoques para superar la división cultural. Una comisión especial inclusive señaló la “necesidad de crear ‘Pan Americana’, una noble figura femenina que portaba una antorcha y una cruz, recordando discretamente tanto a la Virgen María como a la Diosa de la Libertad.”

“Lo que obtuvieron en vez de ello fue música movida y sensualidad de las rutinas de la brasileña Carmen Miranda,” escribió el historiador Peter Smith. Como resultado, concluía, “en la cultura popular estadounidense América Latina empezó a ser vista como provocativa, misteriosa, cooperativa y deseable.” Las populares películas de Walt Disney “Saludos, Amigos” y “Los Tres Caballeros” siguieron mejorando la imagen pública de los latinos.

Por un periodo de varios años, Roosevelt, Hull y otros funcionarios del Departamento de Estado podían efectivamente mostrar notables progresos en la eliminación de las divisiones culturales que separaban Estados Unidos y América Latina, antes consideradas insuperables. Al cambiar las palabras que Washington elegía para describir las relaciones entre Latinoamérica y los estadounidenses y las imágenes con que Hollywood caracterizaba a los latinoamericanos, Estados Unidos se hizo un mucho mejor vecino del resto de los países del hemisferio.

Sin embargo, el multiculturalismo del enfoque de América Latina del Buen Vecino no se tradujo a los asiáticos en general, o a los japoneses en particular. Con trágicos resultados, FDR presidió la detención de miles de japoneses y de japoneses-americanos durante la II Guerra Mundial. El historiador Greg Robinson traza el apoyo de FDR a esta política hasta su adherencia a la visión racial de principios del siglo XX de los japoneses en Estados Unidos, que los caracterizaba como irremediablemente “extranjeros” y amenazantes. Estos sentimientos prejuiciosos, junto con su filosofía constitucional y estilo de liderazgo, contribuyeron a que Roosevelt aprobara estas detenciones –una política a la que se opusieron y resistieron Eleanor Roosevelt y otros miembros destacados de la administración de FDR.

Intereses y mejores instintos

La Política del Buen Vecino de Franklin Roosevelt supuso un enfoque más ético, moral, respetuoso y cercano a las relaciones internacionales que la de sus predecesores. Su mandato de que la política exterior estadounidense debería “darles su parte” y “mostrarles respeto” fue un alejamiento visionario de décadas de imperialismo.

Y sin embargo, la Política del Buen Vecino no fue tan idealista como para alejarse de las prioridades de los intereses económicos estadounidenses y sus preocupaciones en materia de seguridad. Al mejorar las relaciones políticas, económicas y culturales de Estados Unidos, Roosevelt fue capaz de demostrar que la seguridad y los intereses económicos estadounidenses también se beneficiaban.

La Política del Buen Vecino del Presidente fue una refrescante realpolitik que se alejó tanto del marco tradicional realista del equilibrio de poder del orden internacional, como de la ideología racista y patriarcal de la “raza superior”. La buena vecindad significó que las naciones con ingresos, influencia y tamaño distintos pudieran y debieran vivir en el mismo vecindario global recibiendo el mismo respeto y los mismos beneficios.

Al menos en casa y en el hemisferio occidental, Roosevelt logró transformar un clima político dominado por el miedo y el malestar en uno de esperanza y resolución. Después, durante la planeación de un orden internacional de posguerra, FDR y Eleanor Roosevelt fueron capaces de hacer que su agenda del buen vecino funcionara para configurar las relaciones internacionales más allá del hemisferio. Creían que la ética de la buena vecindad podría complementarse con nuevas instituciones de seguridad colectiva como las Naciones Unidas y con tratados internacionales como las convenciones sobre derechos políticos y económico-sociales.

Alerta en el vecindario

La Política del Buen Vecino de FDR llegó a un intempestivo fin cuando se desató la Guerra Fría y la promoción de los Estados de seguridad nacional aplastaron las nociones de cooperación y respeto. En vez de como vecinos, los países latinoamericanos y caribeños fueron vistos como peones en un nuevo “gran juego” que lanzó a Estados Unidos y sus aliados contra el comunismo.

Después de que Truman asumiera la presidencia tras la muerte de Roosevelt, el alarmismo de la Guerra Fría llevó a revivir las intervenciones estadounidenses. La valiente idea de que Estados Unidos debería manejar su política exterior como un buen vecino que vivía en un vecindario global cultural y políticamente diverso nunca resurgió –ni durante los periodos de calma de la Guerra Fría ni durante la paz que le siguió.

La Política del Buen Vecino de no-intervencionismo y respeto fue remplazada en 1947 por una estrategia de seguridad nacional que llevó a una sórdida historia de operaciones encubiertas, golpes de Estado preparados por el Pentágono y la CIA, invasiones y ocupaciones militares estadounidenses y relaciones cercanas entre Washington y las fuerzas más reaccionarias y represivas de la región.

Afortunadamente, Estados Unidos y otros países del hemisferio ya no disparan la alarma sobre la presunta amenaza de subversión y revolución comunistas. Sin embargo, nuevos términos como “terrorismo” y “populismo radical” juegan el mismo papel en una versión apenas actualizada del guión. Lejos de revivir las políticas del buen vecino de mutuo beneficio y respeto que prevalecieron antes del alarmismo y militarismo de la Guerra Fría, los actuales líderes de Washington han indicado su intención de mantener muchas de las actitudes que caracterizaron los años ochenta.

El tiempo es adecuado para revivir los valores y políticas del buen vecino. Un mundo más integrado, guiado por principios como el respeto y los beneficios compartidos del comercio y el desarrollo podrían dar tanto a las naciones ricas como a las pobres cimientos más sólidos sobre los cuales enfrentar las fuerzas de la globalización.

El gobierno y la sociedad estadounidenses siguen sufriendo la reputación del mal vecino. La práctica de la Guerra Fría de tratar a los vecinos como peones y subalternos políticos, combinada con la imposición de reformas económicas neoliberales y una globalmente impopular “guerra contra el terrorismo”, ha revivido el sentimiento del “Yanquis Go Home” que se expandió por el hemisferio a principios del siglo XX.

La imagen del mal vecino hace más difícil para Estados Unidos ayudar a forjar estrategias comunes para enfrentar problemas y amenazas tan diversos como el terrorismo internacional, el cambio climático, la mafia transfronteriza y los cárteles de la droga, el crimen corporativo y niveles de ingreso en declive.

La Política del Buen Vecino de Franklin D. Roosevelt no era perfecta. Nada lo es. Ciertamente no disolvió la enorme asimetría económica entre las naciones. Tampoco aseguró que la primera reacción de Estados Unidos fuera siempre respetuosa o que Washington se resistiera siempre a usar su poder militar y económico como un gran garrote.

Pero si Estados Unidos vuelve a ejercer el poder con autoridad moral y a recuperar su credibilidad como un líder internacional responsable, debe ser visto antes que nada como un buen vecino. Eso no implica necesariamente más ayuda al exterior, desarrollo económico o programas comerciales, pero sí implica poner los valores del respeto, la interdependencia y la paz en el corazón de la política exterior estadounidense.

La Política del Buen Vecino demostró que es posible alterar el curso de las relaciones internacionales y la política exterior estadounidense. Como en 1932, vuelve a ser tiempo de cambiar el rumbo, y el modelo de la Política del Buen Vecino es un ejemplo a seguir.

Este informe de políticas públicas fue preparado por los tres directores de programas del Centro de Relaciones Internacionales (IRC, en línea en www.irc-online.org): Tom Barry, Laura Carlsen y John Gershman. Barry es director de políticas públicas del IRC; Carlsen dirige el Programa de las Américas del IRC www.ircamericas.org , y Gershman es codirector por parte del IRC de Enfoque en la Política Internacional (FPIF), un programa conjunto del IRC y el Instituto para los Estudios de Políticas (IPS).

Para usar este artículo, favor de contactar a americas@ciponline.org.

 

Recursos

Muy recomendable como una referencia historiográfica bien escrita y documentada de la política de Estados Unidos hacia América Latina es Beneath the United States: A History of U.S. Policy Toward Latin America, de Lars Shoultz. (Cambridge: Harvard University Press, 1998). Otro excelente texto historiográfico bien detallado es el texto de Peter H. Smith Talons of the Eagle: Dynamics of U.S. American Relations (New York: Oxford University Press, 1996).

Para ver los discursos de FDR, revise Addresses and Messages of Franklin D. Roosevelt (Washington, DC: U.S. Government Printing Office, 1942).

Otras fuentes fueron: Greg Robinson, By Order of the President: FDR and the Internment of Japanese Americans (Cambridge: Harvard University Press, 2001); y Douglas A. Irwin and Randall S. Kroszner “Interests, Institutions, and Ideology in Securing Policy Change: The Republican Conversion to Trade Liberalization after Smoot-Hawley,” Journal of Law and Economics 42 (October 1999).


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Cita recomendada:

Ubicación en Internet:
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Información de producción:
Escritor: Tom Barry, Laura Carlsen, y John Gershman
Traduccion: Eugenio Fernández Vázquez
Editor:
Producción y diseño: Tonya Cannariato, IRC

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