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Programa de las Américas Reporte

Movimiento de los trabajadores sin tierra: la difícil construcción de un mundo nuevo

Raúl Zibechi | 19 de septiembre de 2006

Versión original: Landless Workers Movement: The Difficult Construction of a New World
Traducción por: Nick Henry, IRC

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Programa de las Américas

“Derribar las alambradas del latifundio no era tan difícil como luchar contra los paquetes tecnológicos de las transnacionales”, asegura Huli sentado en la cocina de su casa, mientras echa agua caliente en el mate que compartimos y su hijo pequeño corretea por la casa. Dice que los campesinos organizados en el MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, de Brasil), durante años soñaron conquistar su tierra, y creían que eso resolvería todos sus problemas: la alimentación de sus hijos, una vida digna construida con el trabajo duro del campo, la educación, la salud y la vivienda. Sin embargo, la realidad ha mostrado ser mucho más difícil, ya que les esperaban sorpresas que nunca habían imaginado.

Huli Zang forma parte de una de las 376 familias del asentamiento Filhos de Sepé (Hijos de Sepé), que ocupa algo más de 6.000 hectáreas en el municipio de Viamao, a 40 kilómetros de Porto Alegre, capital del sureño estado de Rio Grande do Sul. El asentamiento, creado en febrero de 1999, está dividido en cuatro sectores, y la forma de organización del espacio en cada sector es lo que los sin tierra denominan una agrovila (villa agrícola): las viviendas están agrupadas en un sector pero no sobre la parcela individual de cada campesino.

Ese agrupamiento facilita que las viviendas, sólidamente construidas en madera o ladrillos, tengan acceso a la electricidad y al agua potable, con lo que la vida cotidiana de los campesinos asentados es muy similar a la de los habitantes de las ciudades. La vivienda de Huli tiene una cocina de gas y otra de leña, refrigerador, televisor y computadora. Un camino que sale de las viviendas del sector los conecta con la ciudad más cercana, Viamao, y con las parcelas individuales que tienen un promedio de 17 hectáreas cada una.

El asentamiento está junto a un refugio silvestre de 2.500 hectáreas, denominado Bañado dos Pachecos, donde recalan miles de aves y diversas especies de peces y mamíferos. La zona está irrigada por esos bañados y es apta sólo para el cultivo de arroz, aunque contiguo a cada vivienda los asentados tienen una parcela suficiente para cultivar hortalizas y árboles frutales, y casi todos cuentan con gallinas y un par de vacas lecheras. Esto les permite autoabastecerse de una parte de sus alimentos.

En el asentamiento funciona un Centro de Formación del MST, que tiene capacidad para albergar a 120 personas, cuenta con dormitorios, baños colectivos, salas de conferencias y de internet, y comedor. Durante todo el mes de agosto, unos 80 activistas de media docena de países participaron en un seminario que cada año imparte la Coordinadora Latioamericana de Organizaciones Campesinas (CLOC). Los asentados tienen una escuela a la que concurren 230 niños del asentamiento, en el que viven unas 1.800 personas.

Tierra y arroz

Antes de asentarse, los campesinos sin tierra vivieron casi cuatro años acampados a la orilla de las carreteras en barracas de lona negra, heladas en invierno y asfixiantes en verano. La negociación con las autoridades les permitió acceder a la tierra en la que hoy viven, que constituye el mayor asentamiento del estado. Una prueba de que los asentados tienen la voluntad de construir un mundo nuevo, y no apenas tener un trozo de tierra para cultivar, es que decidieron crear una agrovila. En efecto, unos cuantos asentamientos optaron por construir las viviendas sobre cada parcela individual, lo que genera problemas sociales y políticos casi insuperables. Cuando esto sucede, no sólo se hace imposible llevar los servicios de agua y luz a todos los campesinos (por la distancia entre las viviendas), sino que la sociabilidad es casi nula, con lo que se incrementa el proverbial individualismo del campesino que bloquea cualquier intento por construir una sociedad diferente.

Quien llega a visitar una agrovila con sus sencillas y bonitas viviendas, sus parcelas sembradas, adornadas con flores multicolores, y sus animales domésticos pastando y cacareando al sol, tiene la impresión de estar en un ambiente bucólico en el que todo marcha sobre ruedas. Nada más alejado de la realidad. El asentamiento Filhos de Sepé enfrenta múltiples problemas, en general derivados de la crisis mundial de la agricultura familiar ante el poderoso desarrollo del agrobusiness impulsado por las grandes multinacionales.

Un primer problema se deriva precisamente de la opción por la agrovila . A menudo las parcelas individuales están alejadas de las viviendas, en ocasiones hasta 10 y 13 kilómetros. “Esto lleva a algunas familias a dejar de cultivar y arrendarlas a otros asentados”, dice Huli, que no rehuye ninguna de las preguntas. En los últimos años, para superar esta dificultad que se le presenta a todas las agrovilas, el MST ha diseñado un nuevo formato de campamento. Se crean unidades de entre 15 y 20 familias, en las que las parcelas individuales se disponen de forma triangular y el vértice confluye en un “centro”, de modo que las viviendas están igualmente cercanas entre sí pero las parcelas quedan muy cerca de las viviendas. Esto supone desconcentrar el asentamiento, de un promedio de más de cien familias a unidades que denominan “núcleos de viviendas” que en ningún caso superan las 20 familias.

Pero el problema quizá más grave proviene de la dependencia de las multinacionales que les imponen el cultivo con agrotóxicos. “Monsanto nos trae el paquete teconológico, herbicidas, plaguicidas, o sea venenos, y nos traen el arroz. Con el tiempo vemos que pasamos de depender del latifundista que tenía la tierra, a depender de las multinaciones que tienen la tecnología. Llegamos a la conclusión de que con toda nuestra lucha no habíamos avanzado nada, que luchamos durante años para estar en un nuevo lugar de dependencia, y además envenenando a nuestras familias y a la población que consume arroz cultivado de esa manera”, dice Huli.

Una lucha sin fin

Para salir de este círculo de hierro, los asentados optaron por la agroecología. En el asentamiento se cultivan unas 1.600 hectáreas de forma convencional (o sea con plaguicidas), pero comenzaron un intenso debate interno y consiguieron que un pequeño núcleo de familias dieran el paso de cultivar arroz orgánico. El año pasado, 29 familias cultivaron 120 hectáreas sin agrotóxicos y formaron la Asociación de Productores de Arroz y Peces. Porque además aprovechan la abundancia de aguas para producir peces, con lo que consiguen diversificar la producción de alimentos. Ese año produjeron 6.000 bolsas de arroz orgánico y la producción fue comercializada para la merienda escolar en el municipio de Viamao, gobernado por el Partido de los Trabajadores. Este año ya son 35 familias, esperan sembrar 150 hectáreas y producir 10.000 bolsas.

Descubrieron que el cultivo orgánico de arroz no sólo es rentable sino que la productdividad por hectárea es exactamente el doble que con los agrotóxicos. Recuperaron una vieja tradición campesina que consiste en preparar las tierra para el cultivo con patos. “Los patos se comen todas las hierbas, limpian el terreno mucho mejor que ningún veneno agroquímico y además lo abonan con sus excrementos. Dejamos los patos durante meses y ellos son los que preparan la tierra. Luego, al sembrar el arroz, los quitamos y los vendemos o los comemos”, relata Huli con una gran sonrisa. Con la producción orgánica tienen sus propias semillas e insumos, y para producir no dependen de la compra en el mercado, además de que preservan la salud de quien produce y de los que consumen.

Sepé Tiraju

El 7 de febrero de 1756 el indio guaraní Sepé Tiraju fue muerto en combate por las tropas españolas y portuguesas en la ciudad de Sao Gabriel (sur de Rio Grande do Sul). El Tratado de Madrid, de 1750, firmado por estos dos países, decretó que todos los indios de las Reducciones Guaraníticas (siete pueblos proyectados por los jesuitas y construidos por los pueblos originarios), deberían abandonarlas y mudarse a la orilla derecha del río Uruguay, hoy territorio argentino.

Un ejército luso-español de 3.500 soldados armados con cañones, el mejor preparado de la época, enfrentó a indios armados con lanzas y flechas. Tres días después de la muerte de Sepé, el 10 de febrero, cerca de 1.500 indios fueron asesinados. Pese a que el Tratado de Madrid fue derogado en 1761, consiguió sus objetivos: las Reducciones Guaraníticas, definidas por Voltaire como “un triunfo de la humanidad”, por las elevadas condiciones de vida cooperativa, el auge de las artes como la música, la impresión de libros, y el desarrollo de la astronomía y la meteorología, fueron destruidas. Este año, los sin tierra y otros movimientos sociales conmemoraron el 250 aniversario de la caída en combate de Sepé, como parte de la recuperación de una de las más notables experiencias de creación de mundos diferentes que existieron en este continente.

Sin embargo, ahora enfrentan el problema de la certificación. En Brasil existen sólo tres empresas certificadoras de cultivos orgánicos y todas están vinculadas a las multinacionales. “O sea, una vez más nos topamos con el mismo enemigo”, sigue Huli. Pero lo que más les indigna, es que el “certificador” visita una sola vez al año el asentamiento, les cobra miles de dólares y no sigue el proceso de cultivo, con lo que cualquier productor “orgánico” podría utilizar agrotóxicos pese a contar con la “certificación”. Para resolver este nuevo e inesperado problema, el movimiento está analizando la posibilidad de crear un equipo de “certificación comunitaria”, lo que les permitiría eludir a las multinacionales.

Por otro lado, los asentados se quejan de que el gobierno federal y el estatal no cuentan con créditos para la producción agroecológica. En suma, una cadena de dificultades; cada vez que superan un obstáculo, encuentran otro nuevo y en el fondo el mismo problema: el control de las grandes empresas de las tecnologías agrícolas que les permite seguir explotando a los campesinos. El desarrollo y control de nuevas teonologías por parte de las multinacionales, ha hecho posible un nuevo tipo de opresión: ya no les hace falta la propiedad de los medios de producción y el control del tiempo y los modos de trabajo; se trata de una dominación “inmaterial”, asentada en el dominio del saber y del mercado, como forma de seguir acumulando ganancias. Huli nos cuenta que la producción de arroz tiene cada vez menos valor en el mercado, con lo que las 1.600 hectáreas que cultivan los campesinos asentados no les está permitiendo siquiera sobrevivir de la tierra.

Antes de dejar el asentamiento, le preguntamos cuáles son las fuentes de ingresos de los asentados en Filhos de Sepé. Son tres: las huertas familiares, el arroz, y el trabajo en los municipios vecinos, donde las mujeres se emplean como limpiadoras y los varones en la construcción. “¿Qué porcentaje de sus ingresos obtienen en cada trabajo?”, preguntamos. Huli no puede evitar una mueca de tristeza: “Infelizmente, la mayor parte de sus ingresos los obtienen trabajando en la limpieza y la construcción. Así son las cosas”.

La lucha por la tierra revela ser mucho más compleja que lo cualquiera puede imaginar. Quizá el gran triunfo de los sin tierra es que los campesinos permanecen en el asentamiento y no se han marchado a engrosar los cinturones pobres de las grandes ciudades. Todo lo demás es una lucha permanente, interminable. Más compleja que la lucha por la tierra, ya que el capital ha mostrado su capacidad de transfigurarse para seguir controlando los mecanismos de dominación, y se les presenta de forma menos palpable, casi invisible. Esto requiere formación y aprendizaje permanentes, que se han convertido en formas imprescindibles de lucha.

Raúl Zibechi es miembro del Consejo de Redacción del semanario Brecha de Montevideo, docente e investigador sobre movimientos sociales en la Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor a varios grupos sociales. Es colaborador mensual con el IRC Programa de las Américas (www.americaspolicy.org). Este artículo fue publicado originalmente por ALAI en http://www.alainet.org/active/13304&lang=es.

 

Recursos

Luix Costa, “Conmemoración de las Reducciones guaraníticas”, 19 de febrero de 2006, www.sinpermiso.info.

MST, “O que levar em conta para a organizaçao do assentamento”, Cuaderno de Cooperación Agrícola No. 10, Concrab, San Pablo, 2001.


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Cita recomendada:
Raúl Zibechi, "Movimiento de los trabajadores sin tierra: la difícil construcción de un mundo nuevo," Programa de las Américas (Silver City, NM: International Relations Center, 19 de septiembre de 2006).

Ubicación en Internet:
http://ircamericas.org/esp/3527

Información de producción:
Escritor: Raúl Zibechi
Traduccion: Nick Henry, IRC
Editor: Laura Carlsen, IRC
Producción y diseño: Chellee Chase-Saiz, IRC

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