El desarrollo de los agrocombustibles actualmente ocupa un lugar central en el escenario global.
Simplemente durante este año, la cantidad de declaraciones, dólares, y planes de desarrollo
invertidos hacia los agrocombustibles, ha sido incomparable en cualquier otro sector. Una idea que
se apagó por décadas ha llegado a ser, de repente, el encanto de políticos,
grandes negocios, los financieros internacionales y medios de comunicación.
¿Qué son los agrocombustibles?
El concepto de una fuente renovable de combustible ha estado rondando desde que los autos fueron inventados
en el siglo XIX. Pero el bajo costo de derivados del petróleo y la actitud de la industria automotriz
de "si el mañana nunca llega", relegó al etanol y a otros combustibles biológicos
a las líneas de banda por décadas.
Simplificando: los agrocombustibles son combustibles hechos de materia orgánica—productos de
plantas o animales. El producto más común es el alcohol, procesado de manera semejante
a la destilación hogareña, pero en una escala mucho más grande. El etanol del
maíz y la caña de azúcar predominan. El biodiesel está hecho de palma,
soya, colza o aceites de otras plantas; y el etanol de celulosa está hecho de fibra rota de
céspedes o de casi cualquier otra clase de planta. Estos carburantes son considerados renovables
debido a que es posible cosecharlos anualmente—aunque en muchos casos los insumos, tales como agua
no contaminada, tierra fértil, y abonos, sean recursos limitados dentro de ciertas regiones.
Los agrocombustibles pueden ser utilizados para sustituir a los combustibles líquidos derivados
del petróleo, especialmente para transporte, aunque en la actualidad son responsables de sólo
1.8% del combustible usado para el transporte en los Estados Unidos. A menudo se usan mezclados con
gasolina. Los motores ordinarios pueden utilizar un nivel bajo de la combinación de etanol sin
la modificación; los motores de combustible por cable operan con una combinación más
alta; y algunas tecnologías permiten 100% de uso de etanol o biodiesel.
El término más común para los agrocombustibles es el de "biocombustibles".
Sin embargo, la palabra disfraza algunas realidades importantes. "Bio" es un prefijo que
significa "vida". De tal forma que "biocombustibles" parecerían implicar
combustibles que se originan en procesos biológicos naturales, y son utilizados para suministrar
las necesidades sociales normales.
Ninguna de dichas suposiciones es correcta. El uso masivo de la tierra para el mono-cultivo que ha
modificado genéticamente la biomasa no es natural ni amistoso con la tierra. Así, el
desplazamiento de granjeros y la explotación de jornaleros que producían las cosechas
usadas para los agrocombustibles, va en contra de los niveles de vida decentes para los seres humanos.
Por la misma razón, la taza de consumo de hidrocarburos en países desarrollados tampoco
es el fruto normal de una sociedad sana, sino de un signo de lo que los Hopis llama "koyaanisqatsi"—una
vida desequilibrada.
El "equilibrio" es un término subjetivo—y los empresarios insisten en que los ecologistas
lo inclinan hacia una versión idealista de la conservación de la naturaleza—pero este
desequilibrio puede ser visto estadísticamente, no sólo en el agotamiento de los recursos
no renovables y en la destrucción ambiental que causa, sino también en las pautas notablemente
sesgadas del uso. El consumo per capita de EEUU de hidrocarburos está por arriba de al menos
cinco veces del promedio global.
El término agrocombustibles también nos da una idea de cómo el biodiesel es producido.
El prefijo "agro" hace explícito el hecho de que compiten por tierra y recursos, directamente
con otros productos agrícolas, especialmente los alimentarios. Como tal, el aumento repentino
de la producción de agrocombustible presenta una amenaza a la provisión de alimentos
en forma global, a la mitigación del hambre, y a la esperanza de las naciones de alimentar y
emplear a sus poblaciones; es decir, su habilidad para lograr la soberanía alimenticia. Pequeñas
organizaciones de granjeros alrededor del mundo se han revelado en contra de convertir sus campos de
cosecha en producciones de cultivo de agrocombustible.
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Este hecho, por sí solo, debería preocuparnos. ¿Desde cuándo una respuesta
ecológica al uso de hidrocarburos se ha ganado la aceptación de gobiernos y corporaciones
por igual?
Los agrocombustibles han sido recomendados como la solución a los problemas más apremiantes
que enfrentan la sociedad estadounidense y el planeta. Sus promotores alegan que reducen las emisiones
de gas invernadero, evitan el fin del ciclo de crecimiento industrial basado en hidrocarburos, son
sustentables y renovables, que aumentan la seguridad en energía, y que ayudan a los granjeros.
Pero una mirada más de cerca revela que en muchos sentidos, este futuro mejor previsto por
los promotores de agrocombustibles, se parece más bien a lo peor del pasado.
Promoción del agrocombustible
Los científicos y ecologistas todavía sostienen intensos debates con respecto a los
pros y contras de los agrocombustibles. Los estudios se contradicen a sí mismos en cuanto a
si es que la generación de energía neta es positiva o negativa, o si las emisiones de
gas de invernadero y la contaminación se incrementan o disminuyen, y cómo los costos
y la eficiencia de energía se pueden solucionar. Sin embargo, el consenso político ha
sido veloz y poderoso. En pocos años, la alianza de las fuerzas más poderosas, tanto
económicas como políticas, ha surgido para promover al "biodiesel".
¿Quién está detrás del auge del "biodiesel" y por qué?
En su discurso sobre el Estado de la Nación, el Presidente George W. Bush reveló la
meta de sustituir el 20% de la gasolina con agrocombustibles dentro de diez años. La Unión
Europea se ha impuesto un objetivo similar. En su junta más reciente, los G-8 aprobaron con
entusiasmo esfuerzos considerables para desarrollar el uso del agrocombustible y las instituciones
financieras internacionales han creado carteras de préstamos multimillonarios para ese fin.
La Comisión de Etanol Interamericana es presidida
por Jeb Bush, el anterior Ministro de Agricultura de Brasil, el líder de agronegocios Roberto
Rodrígues, y Luis Moreno, presidente del Banco de Desarrollo Interamericano.
El sector corporativo es de igual forma, si no es que más, entusiasta. Cuatro sectores altamente
globalizados se unen en el desarrollo de la investigación, inversión y producción
del agrocombustible: las industrias del agronegocio, el petróleo, la automotriz,
y de la biotecnología.
Desde principios de la producción del agrocombustible, las compañías que hacían
agronegocios, incluyendo a ADM, Cargill, Bunge y Dreyfus se han sumado a dicho movimiento también.
Con subsidios del gobierno circulando libremente y con utilidades enormes generadas alrededor del planeta,
los agrocombustibles son más atractivos ahora que nunca. En el 2005 representaron un mercado
de US$15.7 mil millones de dólares estadounidenses, con un 15% de crecimiento en comparación
al año anterior. ADM, una de las principales refinerías, produjo mil millones de galones
de etanol en el 2006, y planea incrementar su capacidad por 550
millones de galones en los próximos dos años. Cargill posee un creciente número
de refinerías de etanol y contrata o es dueño de plantaciones de cañas de azúcar
en Brasil.
Las empresas petroleras consideran que los agrocombustibles pueden prolongar su vida y diversificar
sus negocios. Los agrocombustibles no necesariamente requieren cambios en los patrones de consumo o
en la reestructuración de la economía basada en los combustibles fósiles. Al incorporar
un 5-10% componente de etanol o biodiesel en la gasolina común, el uso de los combustibles fósiles
pueden ser alargados por varias generaciones.
De igual manera, la industria automotriz puede mantener o incluso aumentar las ventas ya que la gente
está obligada a adquirir nuevos vehículos adaptados al uso de etanol. Todo esto se puede
hacer mientras se entierran los argumentos de aquellos quienes exigen el máximo tabú en
un sistema capitalista—una reducción al consumo.
La última de las cuatro, la industria de la biotecnología, pudiera parecer menos beneficiaria,
pero tiene posibilidades de obtener tremendas ganancias al mismo tiempo que enfrenta una creciente
oposición. El alcanzar las metas de producción del agrocombustible requiere convertir
cultivos para el uso del combustible, incrementando cosechas y reduciendo costos. Los cultivos genéticamente
modificados (GM) ofrecen una ruta hacia las ganancias a corto plazo en los dos últimos puntos.
Las variedades GM de maíz y caña de azúcar específicamente adaptadas para
la producción de etanol ya se encuentran usadas extensamente. De hecho, debido a que el 90%
del etanol estadounidense viene del maíz y la mayor parte de los cultivos de maíz de
Estados Unidos se modifican genéticamente, el etanol se ha ganado el apodo "Monsanto Moonshine"—por
la corporación Monsanto, siendo la principal en el maíz GM. La investigación se
enfoca en genes de plantas de ingeniería para obtener cosechas incluso más altas y rasgos
que faciliten su proceso. Lo más probable es que este nuevo producto no sea apto para el consumo
humano.
Con promotores como estos, un hecho es absolutamente obvio: la revolución del agrocombustible
es todo menos revolucionaria. La transición del uso del agrocombustible ejemplifica la reforma
de un sistema para perpetuarlo.
Volviendo a trazar el mapa de las Américas
El auge del biodiesel ha iniciado en el Hemisferio Occidental por la Comisión de Etanol Interamericana
y a través de pactos binacionales multiplicándose—con más notoriedad el que firmaron George
Bush y Lula de Silva, de Brasil el pasado mes de marzo. Los planos amenazan con tener que volver
a trazar la economía agrícola y política de las Américas.
Los cambios en el uso de la tierra bajo la estrategia del agrocombustible transformarán paisajes
y vidas, no sólo en los Estados Unidos, sino a través del hemisferio. Incluso con cosechas
de cultivo incrementadas y la modificación genética, la producción de agrocombustible
estadounidense se quedará corto en cuanto a las metas recientemente fijadas para el consumo
del agrocombustible. El suministro exterior ofrece una fuente barata y confiable. En las Américas,
los agronegocios Ecuatorianos planean expandir la producción de caña de azúcar
en 50,000 hectáreas y talar 100,000 hectáreas de bosques naturales para la producción
de aceite de palma. En Colombia, a la producción
del aceite de palma se le apoda ya como "el diesel de la deforestación".
Brasil es el laboratorio del futuro en el departamento de etanol. El 80% de sus automóviles
pueden moverse con etanol, y el etanol consta el 40% del combustible del auto. Brasil ya abastece el
60% del etanol de la caña de azúcar al mundo, el cual se cultiva en tres millones de
hectáreas de tierra. Brasil produce 17 mil millones de litros por año, y su objetivo
es controlar el 50% del mercado global de etanol,
según el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil (BNDES). Para lograr
sus metas de crecimiento de etanol, Brasil planea
limpiar otras 60 millones de hectáreas para la producción de la caña de azúcar.
La primera víctima de la reorganización para la producción agrícola es
la granja pequeña. Nadie idealizaría las condiciones de los campesinos agrícolas
en Brasil o el resto de América Latina. En la mayoría de los países, las áreas
rurales concentran dos-tercios o más de familias viviendo en la pobreza. Pero la producción
del agrocombustible no ofrece prospectos reales para mejorar su terreno. Al contrario, la experiencia
de Brasil muestra un peligro considerable de deterioro de las condiciones de vida de uno de los grupos
más vulnerables de la sociedad.
James Thorlby, de la Comisión de Tierra Pastoral de Brasil informa que las plantaciones para
la producción del agrocombustible desplazan a los campesinos, quienes tienen entonces dos opciones:
pueden convertirse en obreros de plantación, o mudarse a la ciudad a vivir en los barrios más
bajos. Thorlby indica que en el estado de Pernambuco 45,000 familias ya han sido desplazadas por los
monocultivos. Otros analistas temen que los campesinos que se queden sin sus tierras y no puedan encontrar
trabajo en las plantaciones, sean forzados a limpiar terrenos en las áreas naturales protegidas.
La concentración de tierras y destilerías en las manos de los grupos rurales y las corporaciones
trasnacionales sacan completamente a familias de campesinos fuera de sus regiones.
La nueva alianza entre el gobierno de EEUU y sus aliados en la región para convertir América
Latina en una fuente de agrocombustibles, no sólo beneficia a las corporaciones trasnacionales
y a los grandes negocios; sino que ayudan también a contrarrestar la influencia creciente de
Venezuela y otros países que intentan separarse de la hegemonía de EEUU. La alianza del
etanol procura consolidar una nueva línea de poder directamente entre Estados Unidos y Brasil,
teniendo a las corporaciones trasnacionales con intereses en ambos países como la fuerza dinámica.
Si esta alianza es consolidada, se erosionará tanto el plan Bolivariano para integrar el continente,
el cual sigue un modelo de economías reguladas por el Estado, con el apoyo del petróleo
venezolano. Socavaría también los esfuerzos de reforzar al Mercado Común del Sur.
En este plan, Brasil gana el capital para desarrollar tecnologías producidas por etanol dentro
de sus propias fronteras y para exportarlos a Centroamérica y al Caribe. Además de la
inversión y los créditos, los empresarios de São Paulo pueden contar con políticas
gubernamentales que les permitirán extender negocios agrícolas en el Amazonas y otras
regiones, las cuales actualmente se encuentran pobladas por pequeños granjeros. Estados Unidos
gana mayor independencia del petróleo que viene del Medio Oriente importando etanol brasileño
más barato. También comienza a re-trazar el mapa de la integración energética
basado en el etanol brasileño en lugar de el petróleo venezolano y gas boliviano, así neutralizando
el poder de las naciones que considera poco dispuestas a cooperar.
Cargill, uno de los dueños y operarios más grandes de la producción de etanol
en Brasil, está expandiendo sus operaciones en el Sur mientras que continúa protegiendo
sus intereses de maíz en el Norte a través de los aranceles estadounidenses de importación
sobre el etanol.
Mientras que los monocultivos de la industria agropecuaria para biocombustibles absorbe pedazos inmensos
de tierra, pequeños granjeros de alimentos—quienes han resistido mucho tiempo el control de
mercadotecnia internacional sobre la tierra y los recursos—se están convirtiendo en especies
en peligro de extinción en las áreas del boom de los agrocombustibles.
Raúl Zibechi, analista del Programa de las Américas, dice que los EEUU "está utilizando
a Brasil para consolidar una alianza estratégica que procure aislar a Venezuela y a los países
que sigan sus políticas de unidad latinoamericana como un contrapeso a la hegemonía de
EEUU.".
El Futuro de los Agrocombustibles
- Consolidación del poder aliado de cuatro grandes industrias: Alimenticia, Biotecnología,
Petróleo y Automotriz.
- Conversión de una tierra de cosechas de producción de comida local y subsistencia
a monocultivos industriales y control transnacional.
- Conversión de áreas protegidas con una rica biodiversidad a monocultivos.
- Conversión de pequeñas granjas—frecuentemente entre los sectores que más se
oponen a la globalización en países en desarrollo—de productores a trabajadores asalariados
y sin su tierra.
- Aceleración de la producción y condiciones de trabajo en decadencia en las plantaciones
de caña de azúcar y otras.
- Renovación de requerimientos para el sector público-privado concerniente a los préstamos
de IFIs, incrementando el endeudamiento nacional
- Elevación del costo del material agrícola (maíz y soya), generando inflación
y hambre, y reduciendo la presión para reformar los programas agrícolas de subsidio
estadounidenses y europeos.
- Intensificación en el uso de fertilizantes químicos y cultivos genéticamente
modificados.
- Incremento en la dependencia alimenticia y pérdida de la soberanía alimenticia.
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Vigorizando los sectores financieros
Si se inspecciona más cerca, el "verde" en el desarrollo de los agrocombustibles
luce más como dólares que como plantas. El boom de los agrocumbustibles proporciona una
transfusión de sangre muy necesitada para el sector financiero internacional. El entusiasmo
de las intermediarios financieros internacionales (IFIs) por unirse a la alianza de etanol surge de
la nueva crisis internacional de préstamos en América Latina. Desde hace pocos años,
las naciones del Cono Sur han optado por pagos prontos de préstamos provenientes del Banco Mundial
y del FMI, así como por una reducción o cortes a préstamos futuros, argumentando
que el IFI condiciona sus préstamos a través de políticas intervencionistas.
El Banco Mundial saltó rápidamente anunciando que contaba con US$10 mil millones potencialmente
disponibles para asegurar el desarrollo de los agrocombustibles. Por su parte, el Banco Interamericano
de Desarrollo anunció una línea de crédito por US$3 mil millones para proyectos
de agrocombustibles en la región, incluyendo plantas de etanol en Brasil, y de investigación
y desarrollo tecnológico en Colombia y en Centroamérica.
Los inversionistas del sector privado lo ven como una bonanza. Food First, una ONG norteamericana
informa que en los últimos tres años la inversión de capital de riesgo en agrocombustibles
aumentó ocho veces.
Los gobiernos han sido también muy activos en financiar agrocombustibles. Estados Unidos destinó US$8.9
millones en subvenciones para la producción de etanol y para la investigación y desarrollo
tecnológico de combustibles biológicos en 2005, mientras que el Banco Nacional de Brasil
planea invertir US$6 mil millones en agrocombustibles.
Cuando el etanol se convierte en negocio grande, los granjeros son expulsados aun más hacia
el margen. En el año 2003, alrededor del 50% de las refinerías de etanol en los Estados
Unidos eran posesión de granjeros. Hoy, un 80% pertenece a dueños ausentes, y la nueva
construcción reducirá aún más las acciones de los granjeros. Las demandas
del inversionista dictarán una preferencia para la construcción de refinerías
de etanol de bajo costo sobre alternativas que son ambientalmente más amistosas.
Se requiere más precaución
Aunque los campesinos a través del hemisferio se han beneficiado de precios de maíz
más altos, George Naylor de la Coalición Nacional de Granjas Familiares advierte que
las ganancias a corto plazo serán pagadas a un alto precio en el futuro no tan distante, y que—como
siempre—es la familia de los campesinos quienes pagarán. El 30 de agosto, en una conferencia
sobre agrocombustibles en la Ciudad de México, él pronosticó que los precios más
altos no se sostendrían debido a que los granjeros cultivaban más acres y los campesinos
que convirtieran sus tierras en campos de cultivo para el agrocombustible, terminarían perdiéndolas.
En Brasil, el precio de la caña de azúcar ya inició su tendencia a la baja.
La pregunta es si se debería oponer a la producción del agrocombustible por completo
o si debería ser encaminada hacia opciones social y ambientalmente sustentables. El problema
es el enfoque. Dado el tremendo poder económico y político de los intereses detrás
de los agrocombustibles, la aplicación del modelo invariablemente favorecerá a las ganancias
más que al ambiente, y a los rendimientos de la inversión, más que a los derechos
humanos. En este contexto, las probabilidades de que las comunidades locales y las pequeñas
granjas sean beneficiadas con esta ventaja se evaporan más rápido que el alcohol. En
ausencia de un consenso científico más amplio y una legislación efectiva para
proteger a los campesinos, trabajadores, consumidores, el medio ambiente y a la cadena alimenticia,
no se puede justificar a los planes que avanzan a toda velocidad para el desarrollo del agrocombustible.
Laura Carlsen (lcarlsen(a)ciponline.org) es Directora del Programa de las Américas en www.ircamericas.org, en la Ciudad de México. Traducido por Gracia Tenorio Peral.