"Una gran nación debe guiarse por el respeto hacia los demás", escribe
Hillary Clinton en el nuevo ejemplar de la revista Foreign Affairs. ¿Pero que tal
si mejor mostrara un poco de respeto? En su encaprichamiento por el poder estadounidense y la trascendental "Idea
Americana", olvida que la cooperación internacional no se trata únicamente de
ganar el respeto, sino también de respetar a las otras naciones.
En su resumen de su agenda de política exterior, intitulada "Seguridad y Oportunidad para
el Siglo XXI", Clinton lamenta que la administración Bush "haya desperdiciado el respeto,
la verdad y la confianza de hasta nuestros aliados y amigos mas cercanos." Como presidente, Clinton
promete demostrar que "Los EEUU se comprometen a construir un mundo que queremos, en lugar de únicamente
defendernos contra el mundo que tememos". Este mundo, dice Clinton, será "un mundo
de seguridad y oportunidad".
Pero la superficial revisión de Clinton sobre la política latinoamericana no obtendrá mucho
respeto en América Latina. En el único párrafo dedicado a América Latina
dentro de su ensayo de 18 páginas, Clinton se enfoca más en el miedo norteamericano de
nuevos desarrollos políticos en la región que en las formas de incrementar la seguridad
humana y la oportunidad. De acuerdo con Clinton, la administración Bush descuidó, "a
nuestro riesgo", los nuevos desarrollos políticos en América Latina. Sin decir nombres,
Clinton afirma, "Hemos sido testigos de la reducción de procesos democráticos y
de apertura económica en partes de América Latina".
En lugar de aplaudir la nueva buena voluntad de un número creciente de gobiernos electos que
tiene como fin afrontar los obstáculos estructurales que han marginalizado a los pobres y a
la población indígena, Clinton evoca la imagen de una región amenazada por fuerzas
retrógradas. Culpando a la administración Bush de negligencia, Clinton insinúa
que una política estadounidense más comprometida podría haber obstruido el aumento
de gobiernos electos de centro-izquierda, como el de Venezuela, Bolivia y Ecuador. "Debemos regresar
a una política de compromiso vigoroso: esta es una región demasiado crítica como
para que los Estados Unidos se queden quietos", afirma Clinton.
¿Pero de qué tipo de "compromiso vigoroso" está hablando? Métodos
pasados han incluido una intervención activa en elecciones nacionales, apoyo financiero y militar
para movimientos de oposición ilegales, campañas de propaganda para llevar el mensaje
de fuerzas pro-EEUU e infamar a otras. Cualquier "retorno" hacia políticas como éstas
no es probable que sea visto con buenos ojos por América Latina. Con escasos ejemplos positivos
a citar recientemente, el compromiso estadounidense de proteger intereses geopolíticos y económicos
norteamericanos "críticos" ha sido demasiadas veces sinónimo de intervención.
De acuerdo a Clinton, las prioridades de la región incluyen apoyar a "las más grandes
democracias en desarrollo de la región, Brasil y México"; profundizando la "cooperación
económica y estratégica con Argentina y Chile"; y combatiendo "las amenazas
interconectadas de trafico de droga, crimen e insurgencia" en Colombia, Centroamérica y
el Caribe.
Después de establecer ésta agresiva agenda para la implicación estadounidense
en cuestiones de seguridad; concluye ella diciendo, "Debemos trabajar con nuestros aliados a fin
de proveer programas desarrollo sostenible que promueven la oportunidad económica y reducen
la desigualdad entre los ciudadanos de América Latina".
Pronto, como presidente, la política para América Latina de Hillary Clinton puede que
sea muy similar a la de las administraciones anteriores, de Bush I, Clinton I y Bush II—con la única
notable diferencia que su administración quizás tome medidas más fuertes para
contrarrestar a gobiernos desafiantes que determinan su propio comercio, desarrollo y políticas
exteriores.
En la presentación de su política, ella olvida mencionar la necesidad de revisar el
monumental daño de la política hacia Cuba, y de hecho dijo en otro momento que no aceptará levantar
el embargo comercial hasta que haya una "transición democrática". Aparentemente
no tiene intención de modificar la estrategia de las guerras perdidas contra la droga tampoco,
aún si las políticas de interdicción de droga de EEUU, erradicación de
droga y contrainsurgencia no han disminuido el flujo ilegal de drogas y han causado enormes problemas
de desplazamiento y de destrucción ambiental.
La candidata Clinton ofrece una política norteamericana que promete oportunidad económica
para reducir la desigualdad. Pero sus soluciones—apertura económica y ayuda exterior—son las
fórmulas estándar que han incrementado la desigualdad y provocado la búsqueda
de alternativas entre las mismas naciones que critica de "retroceder la apertura económica",
en un esfuerzo de proveer necesidades básicas a sus ciudadanos.
Mientras que el establecimiento político de Washington se apega a una estrecha línea
de opciones políticas, las naciones Latinoamericanas, particularmente en Sudamérica,
están experimentado con nuevas políticas que buscan colocar a sus naciones en caminos
de desarrollo sustentable. Estableciendo un control nacional sobre los recursos energéticos,
patrocinando reformas agrarias y liberándose de las reformas económicas impuestas por
instituciones financieras internacionales son algunas de las políticas que han contrariado a
la administración Bush.
Para ganar el respeto de los Latinoamericanos, Clinton no necesita abogar por estas alternativas políticas.
Pero si necesita respetar el derecho de los Latinoamericanos a definir sus propias direcciones.
Cuando el Presidente Franklin D. Roosevelt decidió construir relaciones cooperativas en Latinoamérica
después de tres décadas de intervenciones y ocupaciones imperialistas, prometió que
su "política del buen vecino" estaría fundada en el "respeto mutuo" y
la autodeterminación. Mientras que la administración FDR no siempre siguió sus
propios principios de buen vecino, sí abrió una buena trecha para construir el respeto
hacia EEUU y una cultura de cooperación en América.
Clinton acierta en que el respeto puede ser ganado a través de un liderato que "traza
en todo las dimensiones del poder Americano" y reestablece la autoridad de la 'Idea Americana'.
Pero para recuperar el respeto hacia el liderato estadounidense, ya sea en América Latina o
en cualquier otro lugar, los EEUU tendrán que regresar a los buenos principios del buen vecino.
En lugar de confiar en su poder e ideas que han perdido enormemente credibilidad en el hemisferio,
necesitan dejar a los Latinoamericanos definir sus propias agendas políticas. Hasta ahora un
nuevo pensamiento no había llegado, y Clinton tampoco lo está ofreciendo.
Clinton falla en reconocer que los Estados Unidos deben admitir que el riesgo de las relaciones EEUU-América
Latina se deben en gran medida a la arrogancia estadounidense y a su "compromiso" mal dirigido
y no a la negligencia o la inacción frente a amenazas imaginarias hacia intereses estadounidenses.
Para avanzar, la base de mejores relaciones y desarrollo sustentable en América debe de ser
el "respeto mutuo".
Si Clinton quiere respeto hacia la política exterior estadounidense, entonces necesitará mostrar
más respeto hacia nuestros vecinos sureños. Para empezar, Clinton debería decir
a los Latinoamericanos que respeta su derecho a decidir por ellos mismos lo que se necesita para asegurar
la "seguridad y la oportunidad".
Tom Barry es analista del Centro de Política Internacional para el Programa de las Américas
(www.ircamericas.org). Comentarios a cualquier artículo se pueden dirigir a americas(a)ciponline.org.