En su primer viaje al extranjero desde su reelección, George W. Bush fue recibido por miles de chilenos que protestaban contra sus políticas militares, y que le exigían regresara a su país.
Las protestas ocurridas la semana pasada durante la reunión de cooperación económica entre los países de la cuenca de Asia y el Pacífico (conocidos por sus siglas en inglés, APEC), no fueron únicamente una manifestación de la histórica respuesta anti-americana a un presidente imperial. Las manifestaciones anti Bush en Santiago resaltaron una nueva tendencia política en América Latina—donde muchos países están virando a la centro-izquierda, justo en el momento en que Estados Unidos da una abrupta vuelta hacia la derecha.
En las semanas anteriores, las elecciones clave en los países latinoamericanos fueron prácticamente ignoradas por tener los ojos puestos en las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Los resultados en Uruguay, Venezuela, Chile y Nicaragua, y en alguna medida en Brasil, muestran un viraje hacia la centro-izquierda o la consolidación de un liderazgo que se inclina a la izquierda.
La victoria de Tabaré Vázquez en Uruguay fue un primer signo. El Frente Amplio que apoyó a Vázquez terminó con 170 años de vaivén entre la élite rural del Partido Blanco y la élite urbana del Partido Colorado. El triunfo de Vázquez no fue sorpresa. El Frente Amplio gobierna Montevideo desde 1990 y las encuestas siempre mostraron a Vázquez a la cabeza. Pero su victoria demostró la constante acumulación de poder y credibilidad que ha construido la izquierda en los últimos treinta años. También contribuyó al triunfo tan arrasador del Frente el fracaso impresionante de los dos partidos conservadores, que no han podido resolver los crecientes problemas de pobreza, inequidad y corrupción.
Los logros de la coalición progresista del presidente chileno Ricardo Lagos en las elecciones municipales del 31 de octubre fue también otro signo de los problemas que tiene la derecha latinoamericana para mantener o apuntalar su fuerza política. Estas elecciones son consideradas precursoras de lo que serán las elecciones presidenciales en 2005. Puesto que la derecha obtuvo únicamente 39 por ciento de las contiendas municipales mientras que la alianza progresista obtuvo el 45 por ciento, la perspectiva de una victoria progresista en 2005 tiene probabilidades más y más favorables. Los dos principales contendientes a la candidatura progresista—la ex ministra de Defensa Michele Bachelet, y la ex ministra de Relaciones Exteriores Soledad Alvear—se hallan hoy en mejor posición para asumir la apuesta por la presidencia.
El 3 de octubre, en la primera ronda electoral en Brasil, el partido de los Trabajadores (PT), al que pertenece Lula, aglutinó la mayoría de los votos y hoy gobierna en más ciudades que ningún otro partido, incluidas nueve capitales estatales. En la segunda ronda, sin embargo, perder Sao Paulo ante el candidato social-demócrata y perder Porto Alegre —que por 16 años fue el escaparate del PT ante el mundo y sede del Foro Social Mundial— mitigan cualquier conclusión de que el PT haya obtenido un rotundo voto de confianza. Pese a que la mayoría sigue otorgando un claro respaldo a la centro-izquierda contra la derecha, la nación continúa viviendo un experimento político cuyos resultados son contradictorios e impredecibles.
Finalmente, las elecciones municipales en Nicaragua arrojan otro signo del vuelco de la marea. Los sandinistas—que salieron del gobierno en 1990 y que desde entonces han perdido repetidas veces ante la derecha—barrieron en la contienda municipal contra una derecha dividida y mantuvieron fácilmente el control de la capital nacional.
En Venezuela, una nación desgastada por tanta votación, le otorgó al presidente Hugo Chávez un mandato con 20 de 22 gobernaturas, un hecho que sin duda irrita a algunas figuras clave del equipo de Bush que consideran a Chávez una de las principales amenazas en la región.
No a la privatización y el libre comercio
Además de votar por partidos y candidatos de centro-izquierda, las sociedades latinoamericanas empiezan a manifestar, de otras muchas formas, su rechazo a las políticas económicas dominantes.
En Uruguay, los votantes rechazaron cualquier privatización del sistema del agua, mientras en Ecuador y en Perú cobran fuerza los esfuerzos que impulsan referendos en rechazo de los acuerdos de libre comercio. Las manifestaciones populares contra la privatización, el libre comercio y la intervención militar, más las luchas locales por la autonomía y el control de los recursos, crecen y se amplían.
Convergen muchos factores en este viraje a la izquierda que ocurre en América Latina. El más importante es el fracaso del modelo económico neoliberal, que no ha podido mejorar las condiciones de vida. Se han vuelto comunes las señales de que la paciencia se agota—de los cantos callejeros de los furiosos argentinos de “que se vayan todos” al crecimiento de los movimientos ciudadanos contra el libre comercio. La crisis económica uruguaya en 2002, precipitada por el desplome financiero de la vecina Argentina, jugó un enorme papel en el triunfo de Tabaré Vázquez.
Otra razón es que las fuerzas de centro-izquierda han adoptado actitudes más conciliadoras hacia la economía de mercado, e incluso en algunos casos la acogen con entusiasmo. Las tradicionales diferencias ideológicas se borran en el nuevo contexto de la integración económica, que ahora parece inevitable para muchos latinoamericanos, incluidos muchos de izquierda.
A diferencia de los viejos tiempos, la mayor parte de la izquierda moderna no anhela un asalto del palacio. Vázquez llama a su plataforma “la revolución cautelosa” o la “transición consensada”.
Incluso el FSLN ha abandonado su pasado radical y trabaja reparando tejidos al interior de la sociedad nicaragüense, mientras la alianza progresista chilena se volvió uno de los paladines regionales del libre comercio—para molestia de gran parte de la izquierda tradicional. El gobierno de trabajadores en Brasil, entre tanto, transita por la cuerda floja entre las políticas económicas conservadoras y sus compromisos hacia sus bases populares y orígenes izquierdistas.
Aun así, la centro-izquierda latinoamericana comparte algunas diferencias importantes con los preceptos de política exterior del gobierno de Bush.
Entre los principios clave que son compartidos por esta centro-izquierda está el compromiso con la justicia social, un papel activo del Estado y la soberanía nacional. En defensa de dicha soberanía nacional, las fuerzas de centro-izquierda buscan un mayor control sobre los recursos naturales y hoy confrontan a las corporaciones que han ganado terreno mediante cláusulas de protección de inversiones y de un mayor acceso a los recursos resultado de la reestructuración económica neoliberal.
Por otra parte, la creciente proclividad de Washington hacia una actuación unilateral y sus planes de hegemonía global son vistos con mucha frecuencia como amenaza, lo que provoca iniciativas hacia una cooperación y una integración regional independientes. El gobierno entrante de Uruguay, por ejemplo, ha anunciado su intención de restablecer relaciones con Cuba, de inmediato, y de ajustarse a los principios de no intervención y solidaridad regional.
Deriva continental
El gobierno de Bush puede aceptar la postura latinoamericana de una mayor independencia en las políticas o intentar dividir el continente en las simplistas categorías de “aliados incondicionales” que favorecerá, o “enemigos peligrosos” que buscará minar a toda costa.
Hasta el momento, el nuevo equipo de política exterior de Bush no apunta todavía cuál será su ruta de acomodo. Como los académicos rusos, Condoleezza Rice se crió intelectualmente en la Guerra Fría e insiste en recuperar la ofensiva ideológica de esa época.
Un nuevo tipo de deriva continental—ésta nace de las corrientes políticas—parece distanciar el norte del sur en el continente americano. El gobierno estadounidense puede decidir respetar estas maneras innovadoras con que las naciones del sur enfrentan los retos económicos o políticos, o puede forzar a que las hendiduras entre norte y sur se ensanchen y profundicen. Este último camino sería un cataclismo.
Laura Carlsen es directora del Programa de las Américas (en línea en www.americaspolicy.org), un programa del Interhemispheric Resource Center (IRC, en línea en www.irc-online.org).