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¿Puede alguna vez Estados Unidos ser buen vecino?

Laura Carlsen, IRC | 2 de noviembre de 2004

Versión original: U.S. Elections and Latin America: Can the United States ever be a Good Neighbor?
Traducción por: Ramón Vera Herrera

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Programa de las Américas

En los países latinoamericanos, gran parte del debate acerca de las elecciones presidenciales estadunidenses no se centra en quién sería mejor para la región, Bush o Kerry, sino en si hace diferencia quién resulte electo.

Las entrevistas con los analistas y los ciudadanos revelan un profundo escepticismo hacia el potencial de Estados Unidos para retornar en estos tiempos modernos a algo parecido a la política rooseveltiana del “buen vecino”, de los años treinta--con cualquiera de los dos partidos principales. Además, desde la invasión de Irak las críticas hacia la política exterior estadounidense estallan en protestas crecientes contra la profundización de vínculos económicos con Estados Unidos.

Tiene sólido fundamento este escepticismo. Los documentos publicados en acato a la ley de acceso a la información, y las comisiones de la verdad que siguen surgiendo tras los regímenes militares, proporcionan evidencia dura de la participación estadounidense en todo tipo de asuntos, desde juegos sucios a intentos de asesinato. Durante años hubo alegatos, pero ahora el sospechoso papel de Washington en la región es ya parte del registro histórico.

Las cicatrices de la intervención son todavía profundas: cincuenta años después de que el gobierno de Arbenz fuera derrocado por un golpe militar apoyado por la cia, Guatemala aún batalla por reconstruir sus instituciones y aliviar profundas inequidades. La sangrienta Operación Cóndor, coordinada en el Cono Sur por las dictaduras militares con el beneplácito del gobierno de Estados Unidos, dividió a las familias y traumatizó naciones enteras. Lo mismo puede decirse de El Salvador, donde Estados Unidos avivó una amarga guerra civil, y de Nicaragua, que escudriña el futuro mientras los arquitectos del escándalo Irán-Contra sirven en puestos de alto nivel en el gobierno de Bush.

Incluso una revisión sumaria de las propuestas de John Kerry muestran pocas diferencias en asuntos importantes, de interés para los latinoamericanos. Los izquierdistas de la vieja guardia argumentan que el duelo entre Bush y Kerry es justamente la última versión de las mismas viejas elecciones tarari-tarará en Estados Unidos. Miguel D’Escoto, ex ministro sandinista de Relaciones Exteriores, resume la situación como sigue: “Sería un serio error concluir que la actual conducta de Estados Unidos representa algo temporal que cambiará cuando George Bush junior abandone la presidencia. Nunca en su historia Estados Unidos ha dado un paso atrás en su carrera hacia la dominación universal y nunca ha corregido su conducta, que va de mal en peor desde el punto de vista de los derechos del resto de la humanidad”. Muchos analistas secundan estas opiniones, debido a sus análisis políticos estructurales o porque ya están hartos de esperar algo de Estados Unidos.

Pero la mayoría de los ciudadanos parece hacer alguna distinción. Las encuestas muestran que los latinoamericanos prefieren a Kerry. Un escrutinio reciente realizado por Globescan/University of Maryland muestra que el 19 por ciento prefiere a Bush y el 42.5 por ciento a Kerry.

Los voceros gubernamentales han actuado con circunspección diplomática al expresar su opinión. Como un indicio de las profundas divisiones al interior del gobierno de Lula, el ministro de relaciones exteriores brasileño dijo que están “más cerca de los demócratas que de Bush”, pero miembros del gabinete económico alertan abiertamente contra “la ola de proteccionismo” que traería el gobierno de Kerry. El presidente Kirchner, de Argentina, en ascuas por unas próximas negociaciones de deuda con el Fondo Monetario Internacional que podrían verse afectadas por el desenlace de las elecciones, reconoció que “Argentina no es prioridad alguna para Estados Unidos”.

Mucho depende también de la agenda política específica de los líderes latinoamericanos. Hugo Chávez, alguien que no suaviza palabras para referirse a George W. Bush, mantiene la esperanza de un respiro pese a la pulla reciente de John Kerry contra la “persecución política” en Venezuela. Vicente Fox, de México, tiene sin duda los dedos cruzados en favor de una victoria de Bush que le permita impulsar reformas favorables a los negocios, actualmente bloqueadas, y salvar la cara pese al limitado pacto de migración. Nerviosamente, otras naciones esperan en los bordes.

Por extraño que parezca, el gobierno cubano, que ha sufrido el embargo económico de todos los gobiernos estadunidenses desde 1961, es de los que insiste en distinguir claramente entre ambos candidatos. Pese a que la política fundamental no ha cambiado con demócratas o republicanos, los matices en las políticas estadounidenses pueden afectar directamente a la isla. Los esfuerzos del gobierno de Bush por hacer cumplir el embargo mucho más allá de cualquier medida previa enojó incluso a los cubanos anticastristas de Florida. El veto más estricto a los viajes, la reducción de las remesas permitidas, las sanciones contra las compañías extranjeras que hacen negocios en Cuba, representan un aumento en las hostilidades y mayores penurias para la isla. El ministro cubano de Relaciones Exteriores, Felipe Pérez Roque, dijo esta semana en la asamblea general de Naciones Unidas que votó por treceava vez condenando el embargo estadounidense: “Nos reunimos aquí justamente a cinco días de las elecciones en este país, las cuales esperamos con secreta esperanza. Es cierto que los pasados cuatro años han sido terribles para el mundo”.

Aunque no todo mundo esté convencido de las posibilidades reales de un cambio, es una de las elecciones presidenciales estadounidenses más candentemente discutida allende sus fronteras. América Latina y el resto del mundo debaten activamente lo que está en juego para cada quién. Juntos, el contexto geopolítico de la indisputada hegemonía de Estados Unidos y el nuevo contexto político de la doctrina intervencionista y unilateral, en política exterior, del gobierno de Bush, han creado una mezcla globalmente muy explosiva.

Algunos temen que en un segundo mandato, el equipo de Bush interprete su victoria como una ratificación de sus radicales puntos de vista neoconservadores, lo que podría alimentar la arrogancia imperial a niveles insospechados.

Otro temor es que el respeto a la soberanía de otras naciones--en particular los países en desarrollo, ricos en recursos--pueda volverse un concepto del pasado bajo tal reforzamiento de un gobierno neoconservador. La burda orquestación de la “renuncia” de Aristide en Haití, algo que Kerry criticó, podría ser una leve probada de lo que vendrá en un segundo gobierno de Bush. Aunque el exceso militar en Irak y Afganistán les hayan dificultado las cosas, algunos funcionarios gubernamentales y asesores ya hacen alharaca en torno a otras naciones que, según ellos, están maduros para un cambio de régimen.

En este contexto, las propuestas de política latinoamericana de John Kerry representarían muy pocos cambios positivos. Pese a proponer una “comunidad de las Américas”, este candidato respalda la intromisión en asuntos internos mediante agencias como la National Endowment for Democracy. Además, Kerry no se ha opuesto a las guerras contra las drogas o el terrorismo que conducen a la militarización y a violaciones a los derechos humanos por todo el continente.

No obstante--y más allá de las obvias similitudes--por todas partes las elecciones estadounidenses reflejan un choque de visiones mundiales que han convertido a muchos escépticos en, por lo menos, testigos apasionados. Si los cuestionáramos más, es muy probable que los latinoamericanos que han optado por Kerry en las encuestas de opinión no abriguen grandes esperanzas, sino el deseo simple de que no empeore la situación.

La mayoría reconoce que en esta coyuntura es mucho pedir que Estados Unidos desarrolle una política de “buen vecino” basada en el respeto a la autodeterminación, la solución política de los conflictos y la disminución de las inequidades. Pero si el gran nivel de interés en estas elecciones fuerza a los ciudadanos estadounidenses y latinoamericanos a reflexionar sobre el papel de Estados Unidos en la región, y si se logra detener esta flagrante forma de imperialismo, éste será un paso en la dirección correcta.

Laura Carlsen es directora del Programa de las Américas (en línea en www.americaspolicy.org), un programa del Interhemispheric Resource Center (IRC, en línea en www.irc-online.org).

Para usar este artículo, favor de contactar a americas@ciponline.org.

 


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Cita recomendada:
Laura Carlsen, "¿Puede alguna vez Estados Unidos ser buen vecino?," Programa de las Américas (Silver City, NM: Interhemispheric Resource Center, 2 de noviembre de 2004).

Ubicación en Internet:
http://ircamericas.org/esp/827

Información de producción:
Escritor: Laura Carlsen, IRC
Traduccion: Ramón Vera Herrera
Editor:
Producción y diseño: Tonya Cannariato, IRC

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